El 15 de junio se conmemora un nuevo aniversario de la Reforma Universitaria de 1918, el movimiento de la juventud que constituye el aporte cultural mas original y mas profundo de América Latina en el siglo XX. Gesta que transformara a nuestra Universidad en el faro intelectual de América Latina y que hoy sigue siendo la más legítima y estimulante tradición de los estudiantes argentinos y latinoamericanos.La Reforma de 1918 viene a reflejar en la Universidad el advenimiento de un nuevo país, donde la causa popular triunfa sobre el régimen de minorías oligárquicas. En aquellos años, sucesos trascendentes se vivían en el país, había por primera vez en la historia un gobierno electo por el voto secreto y obligatorio del pueblo, que consagró presidente a don Hipólito Yrigoyen en 1916. Desde fines del siglo pasado, un nuevo país emergía con el proceso inmigratorio, con los pequeños productores y comerciantes de la ciudad y del campo que pugnaban por su participación en la vida política y económica del país. Toda esta nueva realidad produjo la Revolución del Parque en 1890, con hombres de la talla de Leandro Alem, Juan B. Justo, Lisandro de la Torre, Fidel López, Aristóbulo del Valle, Bernardo de Irigoyen, Bartolomé Mitre, Manuel J. Campos, Juan Manuel Estrada, Pedro Goyena, entre otros.
El valor de la justicia social emergía en la escena de la Nación con la fundación del Partido Socialista y la presencia de Alfredo Palacios en el Congreso ya en 1904, defendiendo los derechos de los trabajadores de entonces.
El mundo por esos años también vivía nuevos procesos sociales y nuevas ideas, en América la Constitución Mexicana de 1917, en Europa la Revolución Rusa de 1917, la Constitución de Weimar de 1919 y la finalización de la Primera Guerra Mundial trae aparejada un renacer de la paz, junto con la procreación de los mejores ideales en la vieja Europa expresados a través de la pluma de grandes pensadores como Romain Rolland, Hénri Barbusse, Bertrand Russell.
Ante todas estas nuevas ideas, a todo este nuevo aire que llegaba de afuera y que se respiraba dentro de nuestro país, la Universidad había permanecido cerrada, enclaustrada, de cara a lo viejo y de espaldas a lo nuevo. Ese aislamiento, esa terrible diferencia de niveles, en lo socia1, en lo cultural entre la vieja Universidad y el nuevo país produjo esa corriente y liberó esa energía juvenil que determinó la eclosión del 15 de junio de 1918, fecha que marcaría el calendario de la cultura de América latina y de la Universidad Argentina, que ya no viviría de espaldas a la realidad.
El espíritu transformador del movimiento reformista, sin una metodología orgánica y definida en sus inicios, revelo claramente objetivos trascendentales que en la contundencia de su convicción, desplegó toda la tarea realizadora de jóvenes que creyeron en sus propias fuerzas. Nada entonces podía detener ese ímpetu.
La juventud de 1918 fue la portavoz de una nueva realidad social, los jóvenes irrumpieron en las aulas con una nueva actitud, llena de ideas, de programas y de propuestas. Todos los escritos de la época reflejan ese sentimiento. El Manifiesto Liminar redactado por Deodoro Roca, uno de los grandes de la reforma, en una de sus partes dice: “La universidad, ha sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos, y lo que es peor aún, el lugar en donde todas las formas de tiranizar e insensibilizar hallaron la cátedra que las dictaran”.
La Reforma significó una ruptura fundamental en la historia de la Universidad Argentina para con una tradición de atraso académico y social que vivía en aquellos años; no fue una simple modificación de los estatutos universitarios, nace con ella otro concepto de Universidad; una Universidad que quiso trasponer esos anchos y viejos muros que tan cerrados habían estado durante siglos, que planteó en su espíritu y en sus principios la necesidad de que la enseñanza tuviera un objetivo trascendente y generoso, que excediera la simple titulación profesional, vinculándose al medio desde sus contenidos curriculares, desde la extensión universitaria, desde la relación gremial entre obreros y estudiantes, y fundamentalmente, proponiendo que la Universidad debe estar al servicio de la resolución de los grandes problemas nacionales. En síntesis nace una Universidad comprometida con el presente, protagonista y trabajando para el futuro.
La Reforma propugnó una honda transformación de la Universidad en sus fines para ponerla al servicio del pueblo como institución fundamental de la diversidad cultural de la vida pública. Dicha ruptura significó también en su contenido la constitución de un nuevo concepto pedagógico, que puso el acento en la formación integral de la juventud Argentina, no en términos academicistas, sino con la finalidad de lograr seres humanos con la capacidad de transformar positivamente la sociedad en la que viven. Rechazó el silencio y el dogma marcando así el camino que debía seguir la pedagogía universitaria y a partir de ello enunció que la Universidad tiene el compromiso de aportar soluciones a los problemas de la sociedad y del país, desarrollando investigación científica y tecnológica, a través de la formación de profesionales con sentido crítico y con una gran vocación de estudio y trabajo.
El Programa reformista incorpora la extensión universitaria como necesidad imperante de cambiar la relación de la Universidad con la sociedad, abriéndola a la comunidad, estudiando los problemas de la región, para darles una solución con arraigo en las costumbres y culturas nacionales, a través de ella se trasladan los resultados, la investigación, la preocupación de la universidad, al seno del pueblo, e hizo de la solidaridad obrero-estudiantil el postulado de compromiso social mas profundo.
Quiso hacer del estudiante el centro del acto educativo e integrarlo en el funcionamiento y gobierno de la universidad. Los estudiantes lograron concretar su participación en las decisiones de la vida universitaria a través del cogobierno. En 1918 esta participación parecía romper todos los moldes, todas las estructuras, que un estudiante participara en un consejo superior de igual a igual con los profesores, no tenía antecedentes en el mundo, demoró exactamente 50 años esta conquista en llegar a Europa, con el mayo francés de 1968.
Proclamó el principio de la autonomía universitaria, el derecho a darse su propio gobierno y regular su propio funcionamiento. La autonomía es sinónimo de libertad, sin imposiciones ni limitaciones, abierta a todos los pensamientos y a todas las tendencias, que le permite definir libremente su proyecto de universidad en el marco de un proyecto de país.
Los principios de autonomía y cogobierno se complementan y posibilitan los otros principios de libertad de cátedra, asistencia libre, docencia libre, periodicidad de la cátedra, concursos para la provisión de cargos, publicidad de los actos universitarios, y gratuidad de la enseñanza, entre otros.
Tras el accionar de los universitarios de Córdoba, la síntesis de un momento cultural que vivió el continente entero, se propago como reguero de pólvora: por Perú y Uruguay en 1919, Chile en 1920, México en 1921, Colombia en 1922, Cuba en 1923, Paraguay en 1927, Bolivia, Brasil y Venezuela en 1928, Costa Rica en 1930, Puerto Rico en 1933, Ecuador en 1936, Panamá en 1943, Guatemala en 1945.
La interpretación de los reformistas de nuestra realidad continental, dividida y dependiente, se expresó a través de su anti-imperialismo y del llamamiento a la unidad latinoamericana. Desde su proclama originaria engendrada por la claridad de Deodoro Roca se advertía “...Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana... El sacrificio es nuestro mejor estímulo; la redención espiritual de las juventudes americanas nuestra única recompensa, pues sabemos que nuestras verdades lo son – y dolorosas- de toda América; acaso tenga el sentido de un presagio glorioso la virtud de un llamamiento a la lucha suprema por la libertad...” Reforma Universitaria e identidad latinoamericana son dos concepciones inseparables.
Toda esta realidad fue vivida, protagonizada e impulsada por grandes hombres, por mentes lúcidas como las de Deodoro Roca, Saúl Taborda, Enrique Barros, Muro y Jorge Orgaz, Gregorio Bermann, entre otros grandes reformistas y militantes de la causa de la cultura nacional. José Ingenieros, el “maestro de la juventud”, afirmó: “El generoso movimiento de renovación liberal iniciado en 1918 por los estudiantes de Córdoba, va adquiriendo en nuestra América los caracteres de un acontecimiento histórico de magnitud continental, en cien revistas estudiantiles se reclama la reforma de los estudios en sentido científico y moderno; se afirma el derecho de los estudiantes a tener representación en los cuerpos directivos de la enseñanza, se proclama la necesidad de dar carácter extensivo a las universidades, y se expresa en fin que la nueva generación comparte los ideales de reforma política y económica que tienden a ampliar en sus pueblos la justicia social”.
Es el mismo espíritu que anima, en 1905, a Joaquín V. González -ilustre constructor de su época- a fundar la Universidad de La Plata sobre la base de diversos institutos científicos, adelantándose en más de una década a la realización de los postulados de la Reforma. Es Alfredo Palacios, precursor de un Nuevo Derecho que es el derecho de los que trabajan y no el viejo derecho de los que poseen, quien junto a José Ingenieros funda la Unión Latinoamericana en 1925, y el Instituto Iberoamericano en la Universidad de La Plata.
Es otra Universidad, es otro mensaje. Es Alejandro Korn en la Universidad Nacional de La Plata, irradiando una filosofía nacional. En su trabajo “Nuevas Bases” postula que “no hemos de limitarnos a reproducir una copia simiesca de la civilización europea, que es lícito reclamar los fueros de la personalidad propia y dejar de ser receptores pasivos de influencias extrañas”. Tal es así que este movimiento revierte por primera vez el sentido de nuestra relación cultural con el mundo, dejamos de receptar pasivamente los mensajes, instrucciones y las valoraciones del viejo y pasado mundo y comenzamos a emitir, a formular, a concretar nuestro mensaje, nuestra propia valoración hacia él.
En América la reforma también contó con grandes hombres, enormes luces del pensamiento como José Carlos Mariátegui y Haya de la Torre. Llegó incluso hasta las costas del Viejo Mundo. Miguel de Unamuno, el rector de la gran Universidad de Salamanca, luchador por las libertades democráticas de España, escribió a la Federación Universitaria Argentina en 1920, desde su prisión: “... en el alma les agradezco, amigos y compañeros de la Reforma Americana, las palabras que me dirigieran a propósito de mi condena”.
Todo este patrimonio nos pertenece, éstas son las gigantescas raíces que hoy, en este nuevo aniversario, tenemos la obligación y la responsabilidad de rescatar, para que no se sequen ni ellas, ni el árbol, que es la universidad que debe volver a dar nuevos frutos. Estos frutos son jóvenes formados integralmente que aporten aquí y ahora a la reformulación de un nuevo país.
Siendo entonces misión fundamental de la Universidad la formación integral del hombre, dos objetivos básicos deberían garantizarse en todos los niveles de la enseñanza; la integración y el equilibrio de la persona del educando a través de la fusión de la teoría y la práctica y la inserción en su tiempo y en su espacio. Procurando una síntesis de una metodología formativa y no de una suma informativa, la universidad es el laboratorio que emplea toda la experiencia de la Nación, la que articula toda la experiencia de la humanidad, para conformar nuevas generaciones capaces de resolver, no los problemas presentes solamente sino los problemas futuros.
Entonces necesitamos una Universidad que esté nutrida por la tradición nacional, que esté nutrida por la historia social del hombre sobre la tierra, que tenga un contenido fértil para que se hundan en ellas las raíces del futuro, formando ciudadanos, con capacidad para articularse en lo público, en la sociedad, con brújula moral y formativa que le permita transitar a su albedrío el tiempo y el espacio que le toca vivir. Su objetivo no es suministrar engranajes al modelo, sino generar ideas, una tormenta de ideas, por ello, más allá de títulos y salidas laborales de coyuntura, como institución de una Nación, debe trascender por su obra, por su construcción permanente.
Una Universidad trascendente no se evalúa por sus rendimientos económicos, no se evalúa por el porcentaje entre ingresos y egresos; se evalúa por las ideas que proyecta. La grandeza de las Universidades nunca radico en el superávit económico, son grandes por los principios que de ella emanan, por la revolución en el campo de los sistemas filosóficos y científicos, por la calidad moral y capacidad científica y técnica de sus egresados. Esta es la Universidad trascendente.
El futuro del mundo debe ser una sociedad respetuosa del hombre, una sociedad solidaria. Para la concreción de esa sociedad debemos generar la idea, debemos generar filosofía. La idea no se puede comprar, a la idea hay que generarla.
Como con la Reforma Universitaria, en lugar de recibir pasivamente ideas las debemos emitir activamente. Fuimos capaces de emitir ideas como la Reforma, con estudio y con esfuerzo debemos seguir construyendo y volver a asumirnos como protagonistas de este tiempo y de nuestro futuro. La fuerza necesaria la dan los ideales. Esta es nuestra gran responsabilidad. No podemos repetir lo de ayer y tampoco podemos copiar afuera. Como los jóvenes reformistas del ’18 debemos crear, este es el camino que nos lego la reforma.
Creemos necesario recalcar la imperiosa necesidad tanto de la comunidad universitaria como de la sociedad toda, de profundizar el estudio, la creación consensuada orientada a la planificación de una educación permanente para todos los habitantes, generadora de una realización personal y potenciadora de talentos muchas veces inhibidos o aplastados. Y esto será posible, no en la reproducción dogmática de recetas antiguas, sino en la articulación de una Universidad Pública comprometida con los nuevos tiempos, que posibilite, en tanto potencie actitudes personales, una igualdad de oportunidades no declarativa sino real.
Hay una Reforma necesaria e impostergable para cada etapa de la Universidad, según nos dice José Luis Romero: “Nadie quiere una Universidad reformada: se quiere intensamente una Universidad reformista, en trance de reforma...” el más genuino significado de la Reforma radica en la dimensión de su perpetuidad.
La Reforma Universitaria con su trascendencia, su arraigo en la juventud y el concierto de ideas que desplegó, fue sin dudas el único movimiento cultural del siglo pasado que sentó en nuestras universidades nuevas bases de pensamiento.
La lucha de nuestra Universidad Pública y de todos los sectores sociales comprometidos con un proyecto progresista de país debe llevar como una de sus banderas principales la Reforma del 18, porque su proyecto nunca estará agotado, porque siempre quedarán dolores y nos faltarán libertades, porque siempre quedarán cadenas que romper, y es en esto donde reside su enorme grandeza. Que es necesario reivindicar este legado, para sostenerlo en lo esencial y para crear con ese mismo espíritu nuevas herramientas que permitan aportar a la transformación de nuestra sociedad y de nuestras instituciones.
Como miembros de la Comunidad Universitaria, saludamos al movimiento estudiantil, aquel que naciera como actor social en ese glorioso 1918 y que supiera sintetizar en sus ideas y sus luchas a toda América Latina y a otros sectores populares. Rendimos homenaje a aquellos jóvenes y a la gesta que brindó la matriz política de la Universidad Pública Argentina.
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